De la Iglesia Católica y de las inmatriculaciones

Por • 29 mayo 2017 • Sección: Opinión
A lo largo del siglo IV la Iglesia cristiana ya se hizo con todas las propiedades que pudo en el Imperio romano, pero a partir del año 380, cuando el emperador Teodosio convirtió al cristianismo en religión oficial y única de Roma, se apoderó de todos los bienes procedentes de las viejas e ilegalizadas instituciones paganas. Con el monopolio de la religión en sus templos, la Iglesia se erigió en el brazo espiritual y en la mayor propietaria de todo el mundo tardorromano. En la Edad Media abusó de su privilegiada posición hasta tal extremo que en el territorio de la actual Grecia, parte entonces del Imperio bizantino, la Iglesia llegó a ser propietaria del 80% de todas las tierras de cultivo.
En el siglo XVI era, con mucho, la mayor terrateniente de Europa en suelos agrícolas, propiedades urbanas, rentas monetarias y riqueza pecuniaria, fruto de siglos de apropiaciones, incautaciones, donaciones y “regalos” de todo tipo. Monasterios y obispados pusieron a su nombre miles de fincas, falsificando documentos y apoderándose de toda clase de bienes. Lo hizo en connivencia con el poder político, al que sustentaba gracias a su condición de garante de los “valores” espirituales y de “defensora de la verdadera y única fe”.
Nacida en Palestina a mediados del siglo I, la Iglesia comenzó defendiendo a los pobres, y se constituyó como una comunidad de hermanos en la fe, seguidores de un hombre llamado Jesús, originario de la aldea galilea de Nazaret, que predicaba la pobreza y la igualdad como valores supremos. “Bienaventurados los pobres de espíritu” y “No queráis amontonar tesoros para vosotros en la tierra”, escribe san Mateo (5, 3, y 6, 19) en su evangelio parafraseando sendos discursos de Jesús, el primero, el famoso y estremecedor “Sermón de la montaña”. “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”, añade en el suyo san Marcos (10, 25).
Por eso, llama mucho la atención que, olvidando el mandato y el ejemplo evangélico, la Iglesia lleve diecisiete siglos procurando registrar a su nombre toda propiedad que se ponga al alcance de su insaciable voracidad.
Casi dos mil años después de su fundación, la que se creara para ser la iglesia de los pobres es la mayor propietaria de Europa, disfruta de todo tipo de privilegios fiscales, recibe miles de millones de euros de subvenciones públicas y de donativos privados y sigue inmatriculando a su nombre cuanto se tercia. Todo muy legal. Todo un ejemplo de valores evangélicos.
José Luis Corral, escritor e historiador



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